Factores que inciden en el hecho de que las mujeres víctimas de violencia no “reaccionen”

Son varios los factores que podemos nombrar. Algunos de ellos están directamente relacionados con la violencia estructural y la violencia cultural. Otros tienen que ver con la historia individual de cada mujer y, cómo no, con procesos psicológicos que se desarrollan durante el tiempo que se está siendo maltratada. Uno de ello es la habituación o falta de reactividad ante algún estímulo por ser repetitivo. Para explicarlos rescatamos un descriptivo ejemplo de Eva de la Peña: si metes una rana en un cazo de agua hirviendo, la rana reacciona automáticamente y se salva, porque salta y se escapa del cazo. En cambio, si metes una rana en el mismo cazo, con agua fresquita y lo pones a fuego muy lento, la rana se muere cocida, porque al calentarse tan poco a poco, no se ha dado cuenta de que la temperatura del agua la estaba matando. Algo parecido podemos decir que ocurre con la violencia de género. El cazo es la relación de pareja, el agua es la violencia que se va cociendo. La rana no aparece en ese cazo llegando de la nada, sino de un charco de agua tibia. Esta agua tibia es la violencia cultural y estructural:
  • La socialización diferencial en función del género y la discapacidad: atribución de un papel secundario, inferior, a las mujeres con discapacidad, reducción o negación de la sexualidad, etc. La diferenciación de roles: hombre fuerte, mujer débil, hombre proveedor, mujer dependiente. Creencia en la superioridad de los hombres
  • La promoción y/o aceptación de la violencia por parte de los hombres como medio de resolución de conflictos frente a la promoción de la pasividad y renuncia en las mujeres.
  • Acceso menor de las mujeres a los recursos económicos (salarios más bajos, precariedad laboral, etc.).
  • Atribución a las mujeres y asunción por su parte y en solitario, de las responsabilidades del cuidado del hogar y la familia. Estas responsabilidades, además, no son valoradas socialmente, siendo incluso denigradas o ridiculizadas.
  • Consideración legal de las mujeres como de menor valor que los hombres. Legislación discriminatoria para las mujeres en términos de herencias, pensiones, fiscalidad, etc.
  • Infra-representación o menor estatus de las mujeres en espacios de poder y toma de decisiones (a nivel político, religioso, empresarial, etc.).
  • Legislación y regulación de la vida pública y abandono, olvido o desprecio de la vida privada.
  • El ideal de amor romántico que muchas veces tanto mujeres como hombres asumen como la única forma de amor verdadero y que entre otros elementos, se caracteriza por conductas de posesión, celos, exclusividad, falta de comunicación y negociación sobre aspectos importantes ya que se presupone que estos aspectos no deben hablarse por no romper el encanto, etc.
Con todos estos ingredientes, que han caldeado levemente el agua del charco, nuestra ranita es introducida en el cazo. La temperatura del agua va en aumento, pero nuestra rana cree que deben ser cosas suyas, ya que cuando llegó al cazo, el agua era agradable y reconfortante. El  aumento gradual de la temperatura del agua no ha logrado despertar las señales de alarma de la rana a tiempo porque ésta se ha habituado, de modo que cuando quiere reaccionar, ya su cuerpo no responde. La habituación a la violencia hace que la mujer no perciba estas conductas como agresiones, sino como parte natural de la relación de pareja. En este periodo de habituación, las mujeres se van adaptando (habituando) a una violencia un poco más intensa cada vez, van perdiendo (si alguna vez tuvieron) redes de apoyo familiares, de amistad, acceso a los recursos económicos y a la documentación necesaria para su independencia y autoprotección. Cuando la mujer llega a darse cuenta de su situación ya está experimentando las secuelas de la violencia (falta de autoestima, sentimiento de impotencia, dificultad para planificar adecuadamente, desesperanza, miedo, ansiedad…) lo que puede suponer un bloqueo o incapacidad para romper con este ciclo. Junto a este fenómeno de la habituación se da otro no menos complejo, como es el de la indefensión aprendida, concepto acuñado por el psicólogo norteamericano Martin SELIGMAN. Como indica la expresión, la mujer aprende, en la experiencia, a no defenderse de la violencia, ya que cree que, lo intente o no, no consigue evitarla. Esta idea surgió experimentando con perros. SELIGMAN sometía a dos perros a descargas eléctricas, sin que ellos pudiesen hacer nada por evitarlas. En cambio, uno de ellos podía accionar una palanca que las detenía, mientras que el otro no. Así, comprobó que el primero de los perros aprendió a defenderse pero el segundo no sólo no conseguía escapar, sino que dejó de intentar hacerlo, incluso cuando tuvo la posibilidad de hacerlo, ya que no había aprendido cómo detener las descargas. Cuando una mujer está siendo maltratada, al nivel de gravedad que sea, entra en un proceso parecido. La violencia se produce sin que exista una causa clara aparente y se detiene sólo cuando el maltratador así lo decide. La mujer, por lo tanto, incapaz de prever cuándo va a ser maltratada y cómo parar el acto violento, termina por no defenderse, es decir, termina por creer que, haga lo que haga, no puede salir de esta situación, aún cuando en realidad cuenta con los recursos que se lo permitirían (como una denuncia, llamar al teléfono contra el maltrato, acudir a organizaciones especializadas, etc.)1. En este sentido, se estima que las mujeres permanecen una media de 5 años (Instituto de la Mujer, 2000) en el contexto de violencia, aunque desde la clínica se calcula que son 10 años2.

En el caso de algunas mujeres con discapacidad con movilidad reducida, ciegas o sordas, la dificultad para “darse cuenta” (aprender a defenderse) de la existencia de estas vías de escape es aún mayor, ya que en muchas ocasiones el maltratador es su propio cuidador o las barreras y falta de accesibilidad impiden que, por sí mismas, puedan llevar a cabo estas conductas de autoprotección. A ello se añade que muchas de estas mujeres (o niñas) están acostumbradas a ser asistidas en actividades básicas de la vida diaria, como puede ser la higiene o la vestimenta. Lo que en principio debieran ser cuidados, pueden convertirse en formas leves de maltrato que favorecen la habituación y, por tanto, la dificultad para que la mujer lo perciba como tal. Es por ello que la prevención con esta población se hace especialmente necesaria, así como la disposición de todos los recursos de protección ha de ser adaptada y accesible, tratando así de reducir la victimización añadida producida por la inadecuación de estos recursos. En este sentido, no hay que pasar por alto lo que informan algunas organizaciones de personas con discapacidad especialmente sensibilizadas con esta problemática: un alto número de mujeres con discapacidad víctimas de violencia por parte de sus parejas convive con este maltrato a lo largo de mucho tiempo, incluso sin llegar nunca a buscar una salida. Ello lo explican porque las formas de violencia a las que son sometidas se mantienen en niveles menos graves o de menor riesgo para la vida (como la violencia psicológica o formas de violencia pasiva) de forma que no superan la capacidad de tolerancia de estas mujeres. Sea como fuere, el objetivo a perseguir cuando tenemos conocimiento de una situación de violencia de género es que la mujer salga cuanto antes, de la mejor manera posible y en condiciones de seguridad de esta situación. Para ello, en primer lugar, hay que tener un amplio y actualizado conocimiento de los recursos y servicios existentes en materia de lucha contra la violencia de género. En segundo lugar, es conveniente conocer algunos procesos de victimización que se dan para entenderlos y, en la medida de nuestras actuaciones, reducirlos. En tercer y último lugar, es importante saber qué elementos o características pueden darse en las mujeres cuando están siendo víctimas de maltrato, con el fin de detectar adecuadamente posibles casos que habrá que abordar.

1. MONTERO, Andrés. Síndrome de adaptación paradójica a la violencia doméstica: una propuesta teórica. En Revista Clínica y Salud, 2001, vol. 12, nº 1, pág. 371
2. Para profundizar en estos procesos consultar: AMOR, Pedro J.; ECHEBURÚA, Enrique; DE CORRAL, Paz; SARASUA, Belén e ZUBIZARRETA, Irene Maltrato físico y maltrato psicológico en mujeres víctimas de violencia en el hogar: un estudio comparativo. En Revista de psicopatología y psicología clínica, 2001.